Nº 9 · Revista digital
Hablamos del cambio climático mediante temperaturas, precipitaciones, récords y modelos. En las ciudades tenemos además un registro que lleva décadas acumulando información: los árboles.
Un árbol no demuestra por sí solo que el clima esté cambiando. Su crecimiento depende también del suelo, del riego, de las podas, de las raíces o de las condiciones particulares del lugar. Pero cuando algunas respuestas comienzan a repetirse en muchas especies y emplazamientos, la observación adquiere otro valor.
LA IMAGEN

Este gran Ficus desarrolla una copa extraordinaria y numerosas raíces aéreas en plena ciudad. Especies que hace unas décadas podían considerarse claramente subtropicales forman hoy parte habitual del paisaje de muchas ciudades mediterráneas.
La fotografía plantea una pregunta más interesante que la simple supervivencia de una especie: ¿cómo está creciendo?
El vigor, la duración del periodo vegetativo, la respuesta a los veranos, la recuperación después de una sequía o la sensibilidad al frío pueden aportar información que solo aparece con el paso de los años.
TEMA DE LA SEMANA
¿Se está tropicalizando el Mediterráneo?
La expresión «tropicalización» debe utilizarse con cautela. El clima mediterráneo mantiene características propias y siguen produciéndose episodios fríos capaces de limitar muchas especies sensibles.
Sí parecen apreciarse cambios que afectan directamente al arbolado urbano: periodos cálidos más prolongados, inviernos suaves en muchas zonas costeras y una distribución de las precipitaciones cada vez más irregular. Años secos pueden alternarse con lluvias extraordinariamente intensas.
Para un árbol, la temperatura media anual cuenta solo una parte de la historia. Importan las mínimas, cuántos días dura el calor, cuándo llega la lluvia y cuánto tiempo permanece disponible el agua en el suelo.
Por eso merece la pena comparar especies.
Algunos Ficus, Brachychiton, Tipuana, Jacaranda y otras especies procedentes de regiones cálidas muestran crecimientos vigorosos en numerosas ciudades mediterráneas cuando disponen de suelo y agua suficientes. Al mismo tiempo, determinados árboles tradicionalmente utilizados pueden sufrir cada vez más durante veranos largos y secos.
No hay una frontera nítida entre especies «del pasado» y especies «del futuro». Cada ciudad, e incluso distintos lugares dentro de una misma ciudad, ofrecen condiciones diferentes.
Elegir hoy para un clima de dentro de cincuenta años
Muchos árboles que plantamos ahora deberían seguir allí a finales de siglo. La selección de especies necesita, por tanto, mirar algo más lejos que las condiciones actuales.
Eso obliga a considerar el calor y la sequía, pero también los extremos fríos. Una especie puede funcionar durante años y resultar dañada por una sola helada excepcional.
La diversidad adquiere especial importancia. Ampliar progresivamente la paleta de especies, probar procedencias y documentar su comportamiento permite aprender sin depender de unas pocas especies dominantes.

El selector técnico de especies aplica precisamente este criterio. La localización permite utilizar una referencia climática de AEMET y descartar especies cuya resistencia al frío no cubre el mínimo térmico considerado. Después pueden incorporarse otros condicionantes del emplazamiento.
No pretende adivinar qué árbol sobrevivirá dentro de cincuenta años. Sirve para evitar selecciones claramente incompatibles y ordenar mejor la decisión.
También cambia el calendario
El clima afecta además al momento en que los árboles crecen.
Periodos vegetativos más largos, brotaciones adelantadas, caída de hoja más tardía o actividad prolongada de determinadas plagas alteran referencias que durante décadas se han dado por estables.
Las épocas de poda, plantación o riego deberían atender cada vez más a la fenología observada y menos al calendario por sí solo. Un noviembre cálido puede encontrar árboles todavía activos. Una primavera temprana puede adelantar procesos que antes esperábamos semanas después.
Los árboles también mueven las fechas.
Cuando el cambio llega en unas horas
Otra manifestación mucho más visible aparece durante los fenómenos meteorológicos adversos.
Lluvias torrenciales, viento intenso y suelos saturados pueden coincidir en pocas horas. Después aparecen ramas fracturadas, troncos abiertos y árboles volcados. En las palmeras pueden caer palmas, fracturarse el estípite o perderse el anclaje.

El temporal puede ser la carga que provoca el fallo, aunque el árbol tenga una historia anterior. Pudriciones, raíces confinadas, antiguas heridas de poda o determinadas configuraciones estructurales pueden reducir su resistencia. En otros casos falla un árbol sin que exista un defecto previo fácilmente reconocible.
Después de estos episodios interesa algo más que contar árboles caídos. Saber qué especie ha fallado, dónde se produjo la fractura, cómo era el suelo, qué dimensiones tenía el ejemplar y qué antecedentes presentaba permite convertir una emergencia en información útil.
Una ciudad que deje entrar el agua
Las lluvias intensas muestran también otro problema: hemos construido ciudades que expulsan el agua con enorme rapidez.
Calzadas, aceras y aparcamientos impermeables concentran la escorrentía hacia una red de drenaje que puede verse superada cuando llueve mucho en poco tiempo.
Aquí los árboles forman parte de la adaptación urbana.
Una copa intercepta lluvia. Un suelo permeable puede almacenarla y el sistema radicular mejora su estructura. Pero la capacidad de un árbol encerrado en un pequeño alcorque, rodeado de pavimento, es limitada.
Alcorques corridos, platabandas, pavimentos permeables y espacios capaces de recibir temporalmente escorrentía permiten que parte del agua vuelva al suelo. Además de reducir la velocidad con la que alcanza el alcantarillado, esa reserva puede quedar disponible para la vegetación.
En una ciudad mediterránea, inundación y sequía pueden producirse con pocos meses de diferencia. Gestionar mejor el agua de lluvia ayuda a afrontar ambas.
CASO PRÁCTICO
Los árboles como serie histórica
Dos especies plantadas hace treinta años pueden contar historias distintas.
Una mantiene crecimiento y una copa bien desarrollada. Otra muestra menor vigor y pérdida progresiva de ramas. La comparación resulta interesante, aunque todavía no explica la causa.
Hay que conocer el suelo, el riego, las podas realizadas, posibles daños radiculares y otros condicionantes. Si el mismo comportamiento comienza a repetirse en numerosos ejemplares y emplazamientos, la información gana consistencia.
Las ciudades contienen miles de árboles que llevan décadas sometidos al clima local. Registrar su crecimiento, vigor, mortalidad y respuesta a episodios extremos puede aportar pistas muy valiosas para decidir qué plantar en el futuro.
CONSULTA
¿Debemos plantar ya especies tropicales?
La procedencia geográfica, por sí sola, dice poco.
Una especie adaptada al calor puede requerir mucha agua. Otra puede soportar sequías prolongadas y resultar vulnerable a una helada ocasional. También hay que valorar su tamaño adulto, comportamiento estructural, adaptación al suelo y compatibilidad con el espacio urbano.
La incorporación de nuevas especies debería ser progresiva y documentada. Los ejemplares que llevan años creciendo en nuestras calles y parques ofrecen una información especialmente valiosa.
Quizá la pregunta útil haya dejado de ser «¿qué especies se han plantado siempre aquí?».
Conviene empezar a preguntarse qué condiciones encontrará este árbol durante su vida.
MISCELÁNEA
Una ciudad inundada puede tener árboles sedientos
Después de una lluvia torrencial podemos encontrar calles cubiertas de agua mientras, a pocos metros, un árbol dispone de un volumen de suelo pequeño y apenas recibe una parte de esa precipitación.
El agua ha caído. Simplemente no ha podido entrar.
Permeabilizar suelo y conectarlo con los espacios destinados al arbolado permite aprovechar un recurso que de otro modo circula rápidamente hacia los sumideros.
Parte de la adaptación al cambio climático puede consistir en algo bastante elemental: dejar sitio al árbol y dejar sitio al agua.